Aquella mañana del mes de febrero el sol
introducía sus rayos por la ventana estrecha. Blanca por el paso de los años,
su color había sido verde oscuro, pero el tiempo borra aquello que no se usa
cotidianamente.
Levantó sus brazos para estirar el cuerpo,
colocó los pies sobre el piso helado. Luego de vestirse con la ropa para ya
salir a desayunar, se miró al espejo; siempre se veía serio, apagado, con un
vacío en los ojos. Al paso de unos minutos, los cerró por un momento y trajo el
recuerdo de su esposa a su mente.
Ella se había marchado sin despedirse, y esas
son las despedidas más dolorosas, las que no tienen explicación alguna.
Decidió salir hacia la cocina, allí desayunó habitualmente y lo esperaba Fito, él era su única compañía.
Tenía los ojos brillantes, movía la cola como dándole la bienvenida, su pelaje
era de color ladrillo.
Miró el reloj el cual marcaban las diez matinales.
La indecisión se apoderó por unos instantes de su mente, pues no sabía si salir
a dar un paseo o quedarse ahí detenido, como había estado estos años
anteriores.
Estaba cansado de esperar algo, que no sabía
qué era. Tenía 29 años, era alto, sus
ojos color miel regalaban la ternura de su alma a quien los mirara, su tez era
blanca y sus facciones expresaban la nostalgia que le habían dejado las
soledades.
La duda de salir o no se despeja. Luego de
haber terminado su taza de café con leche,
sale junto a su fiel compañero.
Caminaron tranquilos, la playa era su destino.
La brisa fresca ya se podía percibir. El mar era uno de sus lugares favoritos,
a Fernando le gustaba el sonido de las olas que pegaban contra las rocas y al
estar parado frente a esa inmensidad la soledad se marchaba por unos momentos
de su lado.
Su mirada se pierde en la lejanía, suspiró como
buscando atrapar toda aquella tranquilidad que necesitaba en su interior. Se
sentó sobre la arena, miró a su alrededor buscando a su perro y pude divisar
que algo traía en su boca.
Moviendo la cola Fito deja caer una pequeña
botella, color verde opaco, tapada. Fernando lo mira y le pregunta, como
aquellas personas que hablamos con nuestras mascotas como si ellas pudieran
responder:
-
¿De
dónde sacaste esto Fito?
El perro le pasó la lengua por la cara, como
demuestra de cariño y como apurándolo para que abriera aquella botella que
había llegado a sus manos en el momento indicado. Con los ojos bien abiertos que
transmitían curiosidad e intriga, hacia muecas con sus caras. La tarde moría
una vez más, la noche inquietaba sus pasos para llegar. Fernando con su mascota
volvían a casa, con la botella en sus manos.
Al llegar colocó la botella sobre la mesa y se
sentó frente a ella, como queriendo descifrar qué había ahí adentro. Se percató
que habían pasado las horas volando, era tarde. Estaba agobiado por el paseo
que había realizado, ya que no era habitual que él saliera. Siempre estaba
encerrado en sus paredes, escuchando sólo las agujas del reloj o jugando con su
perro.
Abrió la heladera, sacó pollo que ya estaba
cocinado, lo colocó sobre su mesa y comió. Luego le dio una parte a su perro.
Una vez más mira la botella, no sabía qué hacer, se daba cuenta que siempre la
duda estaba presente y que era muy indeciso.
Resolvió por ir a dormir, dejar el misterio de
la botella para mañana. Apagó las luces de toda la casa, la cual era muy acogedora. Va hacía su cuarto, se
deshace de sus ropas y entra a la cama.
Esa noche deseaba no pensar en nada como siempre hacía, no quería
regalarle al insomnio horas. Sólo quería cerrar los ojos y dormir, pues desde
hace años sentía un peso en el alma como quien lleva a cuesta una piedra o un
recuerdo de esos que cortan la piel. Pasaron dos horas, y no lograba conciliar
el sueño. Pensaba inevitablemente en el pasado, tal vez ya era hora de
desprenderse de él. Trataba de no mirar a su costado porque sentiría la
ausencia de aquella mujer que con su adiós había detenido el tiempo y el cual
lo estaba matando por dentro.
Se levanta en busca de un vaso con agua.
Mientras lo bebe mira la botella, intacta. Decide abrirla y ver qué contiene en
su interior. El reloj marcaban las cuatro de la madrugada. Toda la casa se
encontraba en silencio.
Dentro de la botella había un pergamino
gastado, pero las letras del mensaje se podían aun divisar, aunque con
dificultad. Leyó la siguiente frase en voz alta: “Cada uno busca su propio
destino.”
Sorprendido luego de leer varias veces el
mensaje. Pensó que era una broma. Sonrió, y al mismo tiempo se sintió raro,
porque hacía mucho (tiempo) que esas muecas no se dibujaban en su cara. Resolvió
por irse a dormir pues los párpados le pesaban. Dejó el papel sobre la mesa y
antes de ingresar a su cuarto miró nuevamente aquello que había dejado sobre la
mesa; eso que iba a estar en su mente toda la noche.
Al despertar el hombre encontró a su perro
jugando con un almohadón. Esa situación hizo que sonriera y recordó las
palabras que decían aquel mensaje, el cual no sólo buscaba llegar al corazón de
quién lo leyera, sino que también hacer que sus vidas cambiaran.
Fernando tuvo la idea de buscar la frase en
internet, pero tenía que salir porque él no contaba con ese servicio. Pues,
tenía la idea de que eso era sólo cosa de distracción y estaba acostumbrado a
estar solo esperando que pasara el tiempo, como aislado. Llamó a un amigo, que hacía muchos años no
llamaba, a Pablo. Sale a la calle. Toma su chaqueta y el paraguas por si acaso
el tiempo se le ocurriera dejar caer algunas que otras gotas.
El día se tornaba cálido, las calles estaban
cubiertas por sus habitantes. Buenos Aires daba lugar a los ruidos de los
automóviles, a los gritos de los canillitas, a los vendedores de café que
siempre tenían la ocasión de regalar ese aroma tan suave y atrapante. Las
miradas de las personas no eran fáciles de encontrar, ya que cada uno iba con
sus problemas particulares, apurados por el reloj. Y estaban aquellos que
quieren escapar del mundo por unos instantes, aquellos que dan lugar a la
música para que exprese sus sentimientos y pensamientos.
La casa de Pablo quedaba a unas cinco cuadras
de la de Fernando. Llegó, tocó timbre, a la puerta apareció un tipo de unos
treinta cinco años, de estatura mediana, sonrisa picarona, su pelo color
castaño hacia juego con su color de ojos. Al verlo Pablo lo abrazó, y lo invitó
a entrar.
Conversaron un par de minutos sobra cosas de la
vida. Y Pablo le señaló en donde se encontraba la computadora, él tenía que
seguir llenando unos papeles.
Fernando buscó la frase que había leído en el
mensaje que tenía la botella. Una página se abrió dando cierta información, se
trataba de fomentar la ayuda para aquellos niños y niñas que se encontraban en
África, Niger uno de los países más pobres de ese continente. Consistía en ir a
llevar alimentos y dar cuidados a todos aquellos que lo necesitaban. Había
fotos, las cuales hicieron que a Fernando se le llenaran los ojos de lágrimas y
que apareciera un nudo en su garganta. La Asociación “Por La Vida Juntos” había
implementado diferentes ideas para llegar a las personas de todo el mundo, una
de ellas había sido arrojar al mar botellas con mensajes.
Fernando sintió en su interior la necesidad de
hacer algo, de ir y ayudar, pero no sabía cómo. Y en sí, quería cambiar su
destino, ya que no quería estar por el resto de su vida sentado o acostado
esperando la muerte. Quería cambiar, salir de la tristeza.
Pidió a su amigo un mapa y que si se lo podía
prestar. Pablo contento por su visita, le dijo que no había problema que se lo
regalaba, pues él tenía varios, era profesor de Geografía en una Universidad de
La Plata. Fernando se fue contento, abrazó a su amigo y le agradeció por
haberle permitido ocupar su máquina.
Mientras iba caminando ya de vuelta a casa,
pensaba. Podía sacar la plata del banco, pues había ahorrado durante varios
años. Prepararía su bolso y a Fito lo dejaría con su amigo Pablo. Tenía miedo
pero a la vez sentía que todo era una señal, que ese mensaje había llegado a
sus manos por algún motivo. No dejaría pasar la oportunidad de cambiar su vida,
de darle sentido.
Hace todo como tenía pensado, prepara las
cosas, va al banco, de paso observa los horarios del aeropuerto. Su idea era
viajar a África y ver qué se podía hacer, qué se sentía estar ahí. En unas
cinco horas tiene todo preparado. Para el día jueves a la mañana tenía avión
hacia África. Lugar desconocido, sólo visto en el mapa.
La luna brillaba para aquellos desvelados por
el insomnio o por algún corazón y acompañaba a los que se entregaban al sueño.
La mañana llega rápido, Fernando sale de su
casa. Pasa a dejar a Fito a lo de su amigo. Se despide de él prometiendo
volver. El perro lo mira por la ventana mientras se marcha, como diciendo no te
olvides de mi.
Toma el avión, el cual no estaba compuesto por
muchos pasajeros, pues a esos lugares no viajan tantas personas, prefieren
evitarlo, como si no existiera. Mira a su alrededor y encuentra a una mujer de
pelo castaño y tez delicada que lo estaba mirando, pero en ese momento en que
él la observa ella aparta la mirada. A Fernando se le había pasado por la cabeza
que tal vez ella también había recibido un mensaje y que posiblemente iban al
mismo lugar. Luego aparta esa idea loca de su cabeza. La vuelve a mirar y ella
le sonríe, él baja la mirada y le responde de la misma manera.
Al llegar le hablan en un idioma totalmente
desconocido mientras le señalan un Jeep, el cual lo iba a llevar hasta Niger.
En ese momento la mujer del avión se le acercó y le dijo:
-
Hola.
Yo también me dirijo a ese pueblo. Soy Samanta
Él un poco sorprendido le contesta:
-
Hola.
Soy Fernando. Entonces vamos juntos.
Ella responde con una sonrisa. Fernando quedó nuevamente detenido, pues esa
curva en su cara lo hacía volar, se sintió un poco tonto al pensar eso.
Durante el viaje, acompañado de un africano muy
simpático y humilde, conversaron de sus vidas. Ahí fue cuando se enteraron que
ambos habían sido atrapados por el mismo mensaje y que tenían la idea de ayudar
a aquellos niños. Ella era enfermera y llevaba medicina para curar los males
que se padecían en ese lugar. A parte alimentos, agua, abrigos, frazadas, entre
otras cosas. Al llegar casi era de noche; pero igual se podía divisar la
tristeza que en ese lugar había, los niños estaban casi desnudos, desnutridos,
se veía mucha pobreza. Ambos al bajar del vehículo quedaron atónitos delante de
semejante escena, ya que se habían imaginado con lo que se podían encontrar
pero estar ahí era una sensación de dolor en el alma inexplicable. Algunas
familias vivían en casas fabricadas por ellos mismos, otros sólo se tapaban con
lo que encontraban por ahí. No eran muchos, unas quinientas personas.
Luego de tragar saliva, Samanta y Fernando
hicieron que bajaran sus cosas, cajas y bolsos. Armaron una carpa. Y los niños
se les acercaban. Fernando veía en sus ojos dolor, tristeza, cansancio y
agonía, había de todas las edades y así como niños y niñas. No hablaban, no
hacía falta que dijeran nada, sus miradas lo decían todo. Pudieron ver que más
allá había otros grupos de personas, eran otros misioneros que estaban ahí por
el mismo motivo que ellos.
Los niños que estaban cerca ya se habían
marchado. Ambos decidieron descansar, los esperaban días en que necesitaban
mucha fuerza y voluntad. Antes de dormir rezaron pidiendo por todas esas
personas que estaban allí y por sobre todas las cosas por esos pequeños.
Samanta le preguntó a Fernando en voz baja:
-
¿Por
qué estas acá?
A lo que él había respondido:
-
Necesito
encontrarle sentido a la vida, necesito llenar el vacío que hay en mi corazón;
llenarlo con amor. Y ahora, que estoy acá, me doy cuenta que es la mejor manera
para remediar mi soledad ayudando a otros.
Samanta, luego de escucharlo atentamente le
cuenta:
-
Pues,
a mí me gusta la soledad. Me siento a gusto con ella. Pero ahora que te conozco
creo que ocuparas su lugar. Y estoy acá porque estas personas nos necesitan más
que otras, podemos ayudarlos a vivir y cambiar sus vidas. Estamos acá por algo.
¿No te parece?
Fernando sonriendo le responde:
-
Me
parece. Y también me parece que debemos dormir.
Los días pasaron mientras ellos junto a los
demás grupos ponían en marcha sus ideas. Armaron carpas para atender a los
enfermos, en donde se encontraba Samanta y otros cuatro doctores que venían de
México. Otra carpa en donde todos los días se les daba alimento a aquellos que
no tenían, que eran casi todos. Fernando con diez hombres más arreglaban las
casas y repartían frazadas y ropa. Siempre tenían tiempo para sentarse a jugar
con los niños en aquella tierra colorada. Armaron una cancha y se les enseñó a
jugar a la pelota, la cual hicieron con pedazos de ropa. Ver la sonrisa en una
de esas caritas era una satisfacción enorme.
Así pasaron cinco meses, en aquel pueblo donde
el sol pegaba más que en cualquier otra parte de la tierra. Se habían quedado
de acuerdo entre todos los grupos de regresar cada año a Niger. A parte;
formaron una asociación para seguir ayudando, para avanzar y lograr que esas
personas pudieran vivir tranquilas y felices. Cada vez que un grupo se
marchaba, otro llegaba.
Era tiempo de volver a casa. Los niños salían a
despedirse de ellos, los abrazaban, los besaban y sonreían. Las mujeres con sus
ojos húmedos les agradecían por todo, por existir. Lágrimas rodaron por las
mejillas de Samanta y de Fernando. Ella lo abrazó y mirándolo a los ojos le
dijo:
-
Siempre
supe que venir no iba a ser un error.
Fernando agarrando las manos de Samanta le
responde:
-
Cada
uno busca su propio destino y el mío era este. Venir, ayudar, sentirme feliz y encontrarte.
Mis días de tristeza terminaron y todo gracias a tu sonrisa.
Ella sonrojada, se acerca y lo besa. Ambos volvieron
a Buenos Aires. Fernando sin olvidar su promesa pasa por la casa de Pablo para
buscar a Fito. Cuando lo vio se le tiró encima, le pasó su lengua por toda la
cara.
Fernando le propone a Samanta que fuera a vivir
con él. A lo que ella acepta contenta.
Esa tarde se abrieron todas las ventanas de
casa, así el sol regalaba su brillo y calidez. El reloj ya dejó de tener
importancia y el espejo reflejaba felicidad y brillo en los ojos de Fernando.
Así juntos se dirigieron a la playa. Estaban
abrazados y él le dice mientras miraba la inmensidad que se perdía en la
lejanía; Gracias al mar y a las casualidades, a Fito que me trajo la botella
aquel día. Gracias a vos por darle sentido a mi vida. Gracias a la vida que
quiso darme una oportunidad para ser feliz y
demostrarme que el destino lo busca cada uno; que así lo que des, te
volverá. Y ambos sonrieron.
Autora: Yésica Garro