jueves, 16 de abril de 2015

Existen tantas... (epístola - ficción)

14 de abril 1993
Existen tantas palabras que quisieran acariciar tu rostro una vez más, que debo decirte que no sé por dónde empezar. Hace tiempo que en esta habitación solo se escuchan los gritos de los suspiros desesperados, aquellos que golpean sus puños contra las paredes, esos que todas las madrugadas preparan sus valijas para embarcarse hacia donde tú estás. Pero es en vano, cuando las agujas del reloj dan las doce del medio día, ellos con lágrimas en los ojos comienzan a desempacar.  He comenzado a escribirte y ni siquiera sé cómo voy a entregarte esto, esto  que es lo poco que queda de mi. Siento un miedo irremediable, miedo de tenerte enfrente y de que tus ojos claros se claven en mis pupilas queriendo entender sobre mi identidad. Tengo la convicción de que también el miedo se apodera de tu sangre cuando las luces se apagan, como se está apagando tu memoria.
Eras de sonreír mucho, tus ojos brillaban de alegría y en vez en cuando jugabas con el tono de tu voz; pero ya ni siquiera sé si recuerdas qué es sonreír, ya no sé si me recuerdas o si fui arrojada al abismo junto con todos esos momentos que hoy se esfuman lentamente por alguna rasgadura de este mundo inusitado. Al transcurrir el tiempo, siento que la incertidumbre vaga por mis venas y al llegar al corazón hace tregua con la melancolía y la soledad, y es ahí cuando me despierto de esta pesadilla que me persigue por todos los rincones de esta casa vacía. ¿Qué ha hecho el tiempo de ti? Eras tanto entre el tumulto de gente cuando te veía caminar hacia mí, y hoy eres solamente un cuerpo que se balancea en un olvidado cuarto sin recuerdo alguno.
Desde que tu mente se convirtió en nuestra enemiga y borró esas miradas empañadas en un espejo deslucido, desde que tu piel ya no invoca los paisajes que dibujé en ella… desde entonces, la noche cae y me aplasta con todas sus fuerzas, me asfixia trayendo tu imagen a mi lado. A estas horas del atardecer me sofocan inmensas ganas de abrazarte y me doy cuenta que la palabra triste le queda grande a mi tristeza, que las horas me saben a despedidas y que la vida es solo un suspiro de la muerte. Me perdí por algunos resquicios de tu memoria, y hoy no me encuentro las manos, ni me miro los ojos, ni te tengo a mi lado, ni puedo conmigo.
¿Cómo arrancarte de ese lugar obscuro en el que caes lentamente? ¿Cómo hacerle entender a la vida que el paso del tiempo solo quema mis estaciones? ¿Cómo? ¿Cómo? Lo sé, no te gustan las preguntas repetidas, lo sé, y una mueca se dibuja en mi boca y un mar que se desborda en mis ojos nubla mi vista. Tus manías que aún viven en mí contraen la mirada en algún punto perdido de la noche, y te extraño inevitablemente. Temo que tu enfermedad te arranque de este universo que dejará de ser paralelo con la existencia; ya nada tendrá sentido, ya no buscaré respuestas ni formularé preguntas, ya no me fastidiarán las despedidas porque la última será cuando te vayas, porque iré contigo.
El destino debe sentirse pesado al tener tantas miradas hirientes, frías y afligidas sobre sus hombros, las tuyas, las mías, las de tanta gente; es que aún no logro entender por qué resguardó tu futuro en un cofre y lo arrojó al mar, es que no comprendo cómo se pueden despertar los recuerdos que se han suicidado en algún lugar desconocido… ¿Sabes? Quedan muchas cosas para contarte, pero preferiría vivirlas contigo. Qué ingenuo lo inalcanzable que se viste de esperanzas y traga saliva para no provocar un nudo en su garganta.

Si cuando leas esto no recuerdas quién soy, quiero que sepas que desde que no estás yo he olvidado quién era. Solo sé que fui feliz contigo, solo sé que fuiste feliz conmigo. 

sábado, 11 de abril de 2015

Hoy

"Hoy, después de muchos meses, susurré tu nombre y el aire me regaló una de tus canciones favoritas. Hoy un suspiro se destrozó sobre el suelo, dejando escapar miles de pequeños suspiros; los miré marcharse por entre los huecos de las hojas, deseando que aunque sea uno llegara a tu piel. Hoy mis manos acariciaron tu figura intacta, aquella que vive en mi mente y que escucha mis pensamientos cuando dejo caer mi cuerpo sobre las sábanas. Hoy, muerdo mis labios buscando el sabor que dejaron una vez los tuyos, mientras que mis pestañas quieren atraparte dentro de mis ojos, mientras ansío traerte hasta mi. Hoy, las agujas del reloj me gritan que estuviste aquí y que yo te dejé ir. Hoy se despiertan las manías que dejaste en mí, las miradas que pintaste en mis pupilas, los sueños que guardaste en mis brazos... hoy te extraño y el eco de esas dos palabras duelen en el alma...
El "ayer" quedó archivado en los recuerdos, el "hoy" te extraña y el "mañana" es muy incierto. 

lunes, 6 de abril de 2015

Un lejano cuadro...

Has tenido la sensación de que alguien  ha rozado tu espalda hoy, o quizá una caricia ha besado tus labios desde lejos, sucede que mis deseos de tocarte se han personificado y viajan hacia dónde estás, se transportan por el aire a ciegas, es que no sé dónde te has escondido amor salpicado por la soledad. ¿Dónde estás? Mi mente te busca por doquier, sin embargo solo encuentra puertas cerradas y cuando alguna descuidada ha quedado entreabierta su interior está a obscuras. Una obscuridad que enceguece hasta la luz más incandescente, que al estar en el centro de esa habitación solo puede percibirse el único sonido que rompe el silencio en mil pedazos; mi propia respiración. Mis ojos aprietan sus pestañas queriendo matarte de una vez por todas, tal vez suene trágico, pero encuentro más tragedia en la escena de estar muriendo por vos todos los días lentamente.
La felicidad se ha encerrado en el baúl de los recuerdos y la llave se ha extraviado por algún rincón de esta casa, que se derrumba cada vez que te vas. No arrojes las migajas que van quedando de mí a un suelo que me abraza con fuerzas y que con sombría ingenuidad murmura en los oídos de la esperanza que te deje marchar. Las mejillas de la tranquilidad se han humedecido de tanto que llueve en mí, ellas ya no son acariciados por la brilla que provenía del paisaje de tus ojos; es que te has convertido en un lejano cuadro impresionista que ya no se refleja en mis pupilas, que ya no se deja tocar por mis manos.
¿Dónde te irás? ¿Dónde me iré? ¿En qué calle quedarán fundidos nuestros pasos paralelos? ¿En qué manos dejaremos caer todas nuestras manías?
El mar que decoraba mi atardecer se ha quedado sin aguas, mis otoños nostálgicos no conocen de hojas marchitas, mis canciones empapadas ya no dicen palabra alguna. Hace tiempo que han dejado de caer lágrimas de este cielo fastidioso, sin embargo aún se escuchan las gotas que chocan contra mi piel, esas que queman hasta congelar todo mi interior. ¿Cómo borrarán de las paredes de este mundo nuestros besos taciturnos y sosegados? ¿Cómo rozarás las cuerdas de tu guitarra si has dejado todas tus caricias en mí? Le diría a tu recuerdo que te aleje de mi mente, pero no me escucha, sus oídos se han inundado.
No encuentro el aire que le hace falta a mi respirar, te has llevado lo que existió y lo que no existirá jamás. Los latidos de este corazón solo conocen de atardeceres entristecidos que humedecen a las nubes con su llanto fugitivo.
Mis palabras están manchadas de suspiros imborrables, del sonido de un beso que te extraña en las mañanas, de unas cuantas tristezas que no conocen de soles brillando en una ventana. Mis palabras adormecidas se disipan por el aire, duermen abrazadas al mundo en el que habitan tus miradas, se susurran entre ellas tu nombre indeleble…


domingo, 22 de febrero de 2015

El tiempo detenido

"Ese deseo irremediable de querer aprisionar tu mirar y todo lo que ella trama, resguardarla en los rincones de mi cuarto, de mi ser. Tenue instante capturado en tus pupilas transparentes, mi tiempo lo reclama, me será eficiente para mis noches de insomnio, para enfrentar aquellos miedos que me detienen sin piedad alguna. Se autodestruyen mis límites clandestinos y mis noches se deshojan con parsimonia desde que las luces se han marchado a un rincón desconocido. Un embustero susurro  golpea las paredes, se revelan desgastadas de tanto ansiar escuchar el sonido de tu voz. El aire convertido en cosa remanente se me escapa por las rasgaduras de mi piel. Tu ausencia desfigurada ya no la soportan mis brazos.  Tu ausencia se ha robado las agujas de este reloj que se ha quejado sin tiempo. Con el mirar detenido en el infinito, que no respira, que no se mueve, que se deja caer como una gota de lluvia sobre una hoja; comprendo que se han suspendido las moléculas del aire y que te has llevado más que tus manías de mi mundo..."


miércoles, 14 de enero de 2015

Su voz en el contestador

Diego la esperaba en una plaza, en donde los árboles verdes decoraban el paisaje, se veían varios niños jugando en los juegos y sus padres observándolos enamorados de la vida. Sofía, de estatura mediana, ojos color miel y cabellos castaños, vestía un jean negro y una blusa sencilla. Al llegar a la esquina, Sofía pudo divisar la figura de Diego. Él era alto, vestía camisa y jean, sus ojos eran negros, como así también sus cabellos. Era inevitable, ella sonreía al sentir nervios por volverlo a ver, trataba de retener la felicidad, pero sus ojos brillaban, como si se hubiera tragado una estrella.
Él la miraba caminar y acercársele, a su llegada se puso de pie y la abrazó con tanta fuerzas que todas sus partes rotas se volvieron a unir dentro de su cuerpo. Ambos se sentaron, ella estaba ansiosa, como esperando algo, pero no sabía qué. Diego se mostraba muy tranquilo, quizás no era algo inusual en él, ya que siempre había sido así. Sofía recorría cada detalle de su rostro, lo amaba más que nadie en la tierra, no solo por su forma de ser con ella, sino que también por su paz. Ella era un huracán, sentía que la sangre le corría por las venas con más velocidad que de la gente normal, él le transmitía la armonía faltante. Eran diferentes, por eso se amaban, el uno era lo que no era el otro. Es como amar una vida que uno no tiene, se complementaban.
Después de clavar las pupilas en los ojos de Sofía, Diego se le acercó a uno de sus oídos, cerró los ojos y le dijo: - “Te amo”. Tragó saliva y suspiró y continuó: - “Pero debo marcharme”. La sonrisa que ella tenía dibujada en su boca de a poco se fue esparciendo, hasta quedar seria, con los ojos hundidos y a punto de colapsar en lágrimas. Él se apartó de ella, bajó la mirada y dejó escapar un “perdóname”. Sus manos se soltaron, y Sofía detenida en el tiempo, miraba como su mundo se derrumbaba en un instante.
Sus ojos se abrieron de repente, durante la noche había sudado, quizás por sentir tan real esa pesadilla. No se animó a llamarle sueño, pues había sufrido en él. Sentía angustia, miró a su alrededor y solo encontró obscuridad, no era algo nuevo, ya estaba acostumbrada al silencio y lo oscuro. Hacía muchos años que no veía a Diego. Hacía muchos años que Diego no estaba en este mundo.
Sofía apretó sus puños, lloraba, no soportaba la idea de no poderlo ver, tocar, ni besar. Habían sido novios desde que eran adolescentes, pero el destino o la vida quisieron que él se marchara una tarde. Sofía recordaba aquél día cómo él le decía adiós con una mano desde la ventanilla del taxi, sonriendo. Ella puso una de sus manos en el pecho, a la altura del corazón, y dijo en voz muy baja, casi murmurando: - “Sé que estás aquí, pero no lo soporto, llévame contigo…”.
Cerró los ojos, suspiró profundo. Se levantó de su cama, y caminó hacia un armario, sacó un celular. Lo encendió, volvió a su cama. Con una mano sostuvo su celular y con la otra mano el que había sacado del armario. Marcó unos números, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, y sus labios húmedos templaban. El celular que había sacado del armario sonó, y al cabo de unos instantes se activo el buzón de voz, era la voz de Diego que estaba grabada en aquél contestador. Sofía apretó con sus manos las sábanas de su cama. Y se dejó caer, esperando… esperando hasta volverlo a ver.

Autora: Yésica Garro


domingo, 11 de enero de 2015

¡No te quedes ahí!

Varias noches habían pasado desde que él había decidido marcharse. ¿A dónde? nunca lo supo, ¿por qué? aún sigue aturdiendo sus sienes con esa bendita pregunta. Lo había conocido una tarde, ambos quedaron de acuerdo en juntarse, fueron puntuales, discretos, dejaron que las palabras fluyeran. Rieron, rieron mucho. Se despidieron al llegar el anochecer. Él llevaba consigo una sonrisa de esas que no se olvidan, un tono de voz elocuente, sus manos eran delicadas como para sostener un bolígrafo y seguramente su mente era de aquellas que están meticulosamente revisando detalles. Ella portaba un baúl de preguntas curiosas, unas cuantas tímidas miradas y miedo ¿a qué? No lo sabía. Y pasaban las semanas, se volvían a encontrar y seguían sonriendo, una y otra vez. Olvidaban el mundo cuando sus ojos se encontraban. La soledad que la perseguía a ella quedó archivada en el placar, la habitación en donde él compartía el silencio, quedó aún en más silencio sin el sonido de las cuerdas de su guitarra. Ambos eran amantes de la nostalgia, de los libros, la música, la escritura. Así pasaron los meses.
Pero el destino barajó las cartas, y ella a sus cartas las transformó en corazones y él jugó para ganar. Cuando la partida terminó, el sonrió y se marchó, mientras que ella quedó con sus corazones de papel en una mano y el silencio en la otra. Hoy, la angustia se ahoga en los ojos oscuros de ella, aún sigue esperando que llegué la respuesta a su ¿por qué? ¿por qué dejó paralizado el mundo con un adiós? 
El amanecer la sorprendía con los ojos abierto mirando el infinito en busca de respuestas, y solo encontraba silencio. La soledad salió más fuerte que nunca de aquel lugar en donde la había dejado, como se deja un saco después de usar. ¿Él? No se sabe nada de él, solo la ignoró y lo más terrible es que no sabía cuánto ella lo quería, no sabe cuánto lo quiere. Ella, todas las noches grita mientras sus ojos dejan caer lágrimas ¡No te quedes ahí! como queriendo arrancarse del corazón la espina de una rosa, como queriendo arrancárselo a él. 

Autora: Yésica Garro




jueves, 8 de enero de 2015

Tú, yo ... Nostalgia

Tú allá, yo acá… la lluvia sigue cayendo y por lo visto no cesará hasta finalizar el atardecer. Día gris.  Miro por la ventana, diviso las lágrimas que el cielo apenado deja caer. En la radio suena una canción que dice más que simple palabras y evoca más de un millón de melodías, ella te trae hasta mí, te estampas en mi mente, se eriza mi piel. Escucho tu risa, brillan mis ojos, sin embargo al cabo de unos minutos vuelvo a la realidad y no estás. 
Decido volver a mi libro,  trato de concentrar mi mente en él, pero solo veo letras, letras y más letras… no dicen nada, absolutamente nada. Miro el reloj, tampoco me dice nada, la hora siempre es la misma y no ha pasado el tiempo. Me he estancado en los minutos, y parecen siglos que no transcurren. Cierro el libro con parsimonia, suspiro hondo como queriendo matarte entre la inhalación y la exhalación del aire. Es en vano, ni siquiera existe motivo alguno para hacerlo.
No quiero esperar, no quiero, no debo y sin embargo lo hago. ¿Cómo luchar contra esos impulsos que nos mueven por dentro? ¿Se puede luchar? Preguntas van y vienen, pero al llegar a un puerto no traen respuesta, sólo más preguntas.
Mas quisiera tocarte en este momento con mis pensamientos, cerrar los ojos y encontrarte. Que me mires y me abraces tan fuerte como solías hacerlo.  Pero no, no pasará. No me quieras engañar nostalgia,  la realidad no se me debe escapar. Porque si eso sucede, se comienzan a anunciar tempestades a mis ojos y no quiero mojar la tapa del libro, él no tiene la culpa. Aprieto mis puños para matar las ganas de escucharte, tu voz siempre me tranquilizó… me hizo sentir feliz. Y ahora ¿qué? Ahora no estás me digo, una y otra vez.  Y no me lo digo, pero lo sé, tampoco soy feliz.
La lluvia ha cesado, pequeñas figuras de cielo azul se dejan ver. Y sé que en alguna parte de este mundo desquiciado estás, sonriendo, con tu forma de caminar, y tu paz hasta para mirar. Sonrío entre tanta tristeza, la vida pasa y no tiene mucho sentido si no estás acá, pero sin embargo existes, y le agradezco a la vida porque sea así.

Autora: Yésica Garro

Cuento I: Un destino, una nueva vida.

Aquella mañana del mes de febrero el sol introducía sus rayos por la ventana estrecha. Blanca por el paso de los años, su color había sido verde oscuro, pero el tiempo borra aquello que no se usa cotidianamente.
Levantó sus brazos para estirar el cuerpo, colocó los pies sobre el piso helado. Luego de vestirse con la ropa para ya salir a desayunar, se miró al espejo; siempre se veía serio, apagado, con un vacío en los ojos. Al paso de unos minutos, los cerró por un momento y trajo el recuerdo de su esposa a su mente.
Ella se había marchado sin despedirse, y esas son las despedidas más dolorosas, las que no tienen explicación alguna.
Decidió salir hacia la cocina, allí  desayunó habitualmente y  lo esperaba Fito, él era su única compañía. Tenía los ojos brillantes, movía la cola como dándole la bienvenida, su pelaje era de color ladrillo.
Miró el reloj el cual marcaban las diez matinales. La indecisión se apoderó por unos instantes de su mente, pues no sabía si salir a dar un paseo o quedarse ahí detenido, como había estado estos años anteriores.
Estaba cansado de esperar algo, que no sabía qué era. Tenía 29 años,  era alto, sus ojos color miel regalaban la ternura de su alma a quien los mirara, su tez era blanca y sus facciones expresaban la nostalgia que le habían dejado las soledades. 
La duda de salir o no se despeja. Luego de haber terminado su taza de café con leche,  sale junto a su fiel compañero.
Caminaron tranquilos, la playa era su destino. La brisa fresca ya se podía percibir. El mar era uno de sus lugares favoritos, a Fernando le gustaba el sonido de las olas que pegaban contra las rocas y al estar parado frente a esa inmensidad la soledad se marchaba por unos momentos de su lado.
Su mirada se pierde en la lejanía, suspiró como buscando atrapar toda aquella tranquilidad que necesitaba en su interior. Se sentó sobre la arena, miró a su alrededor buscando a su perro y pude divisar que algo traía en su boca.
Moviendo la cola Fito deja caer una pequeña botella, color verde opaco, tapada. Fernando lo mira y le pregunta, como aquellas personas que hablamos con nuestras mascotas como si ellas pudieran responder:
-          ¿De dónde sacaste esto Fito?
El perro le pasó la lengua por la cara, como demuestra de cariño y como apurándolo para que abriera aquella botella que había llegado a sus manos en el momento indicado. Con los ojos bien abiertos que transmitían curiosidad e intriga, hacia muecas con sus caras. La tarde moría una vez más, la noche inquietaba sus pasos para llegar. Fernando con su mascota volvían a casa, con la botella en sus manos.
Al llegar colocó la botella sobre la mesa y se sentó frente a ella, como queriendo descifrar qué había ahí adentro. Se percató que habían pasado las horas volando, era tarde. Estaba agobiado por el paseo que había realizado, ya que no era habitual que él saliera. Siempre estaba encerrado en sus paredes, escuchando sólo las agujas del reloj o jugando con su perro.
Abrió la heladera, sacó pollo que ya estaba cocinado, lo colocó sobre su mesa y comió. Luego le dio una parte a su perro. Una vez más mira la botella, no sabía qué hacer, se daba cuenta que siempre la duda estaba presente y que era muy indeciso.
Resolvió por ir a dormir, dejar el misterio de la botella para mañana. Apagó las luces de toda la casa, la cual  era muy acogedora. Va hacía su cuarto, se deshace de sus ropas y entra a la cama.  Esa noche deseaba no pensar en nada como siempre hacía, no quería regalarle al insomnio horas. Sólo quería cerrar los ojos y dormir, pues desde hace años sentía un peso en el alma como quien lleva a cuesta una piedra o un recuerdo de esos que cortan la piel. Pasaron dos horas, y no lograba conciliar el sueño. Pensaba inevitablemente en el pasado, tal vez ya era hora de desprenderse de él. Trataba de no mirar a su costado porque sentiría la ausencia de aquella mujer que con su adiós había detenido el tiempo y el cual lo estaba matando por dentro.  
Se levanta en busca de un vaso con agua. Mientras lo bebe mira la botella, intacta. Decide abrirla y ver qué contiene en su interior. El reloj marcaban las cuatro de la madrugada. Toda la casa se encontraba en silencio.
Dentro de la botella había un pergamino gastado, pero las letras del mensaje se podían aun divisar, aunque con dificultad. Leyó la siguiente frase en voz alta: “Cada uno busca su propio destino.”
Sorprendido luego de leer varias veces el mensaje. Pensó que era una broma. Sonrió, y al mismo tiempo se sintió raro, porque hacía mucho (tiempo) que esas muecas no se dibujaban en su cara. Resolvió por irse a dormir pues los párpados le pesaban. Dejó el papel sobre la mesa y antes de ingresar a su cuarto miró nuevamente aquello que había dejado sobre la mesa; eso que iba a estar en su mente toda la noche.
Al despertar el hombre encontró a su perro jugando con un almohadón. Esa situación hizo que sonriera y recordó las palabras que decían aquel mensaje, el cual no sólo buscaba llegar al corazón de quién lo leyera, sino que también hacer que sus vidas cambiaran.
Fernando tuvo la idea de buscar la frase en internet, pero tenía que salir porque él no contaba con ese servicio. Pues, tenía la idea de que eso era sólo cosa de distracción y estaba acostumbrado a estar solo esperando que pasara el tiempo, como aislado.  Llamó a un amigo, que hacía muchos años no llamaba, a Pablo. Sale a la calle. Toma su chaqueta y el paraguas por si acaso el tiempo se le ocurriera dejar caer algunas que otras gotas.
El día se tornaba cálido, las calles estaban cubiertas por sus habitantes. Buenos Aires daba lugar a los ruidos de los automóviles, a los gritos de los canillitas, a los vendedores de café que siempre tenían la ocasión de regalar ese aroma tan suave y atrapante. Las miradas de las personas no eran fáciles de encontrar, ya que cada uno iba con sus problemas particulares, apurados por el reloj. Y estaban aquellos que quieren escapar del mundo por unos instantes, aquellos que dan lugar a la música para que exprese sus sentimientos y pensamientos.
La casa de Pablo quedaba a unas cinco cuadras de la de Fernando. Llegó, tocó timbre, a la puerta apareció un tipo de unos treinta cinco años, de estatura mediana, sonrisa picarona, su pelo color castaño hacia juego con su color de ojos. Al verlo Pablo lo abrazó, y lo invitó a entrar.
Conversaron un par de minutos sobra cosas de la vida. Y Pablo le señaló en donde se encontraba la computadora, él tenía que seguir llenando unos papeles.
Fernando buscó la frase que había leído en el mensaje que tenía la botella. Una página se abrió dando cierta información, se trataba de fomentar la ayuda para aquellos niños y niñas que se encontraban en África, Niger uno de los países más pobres de ese continente. Consistía en ir a llevar alimentos y dar cuidados a todos aquellos que lo necesitaban. Había fotos, las cuales hicieron que a Fernando se le llenaran los ojos de lágrimas y que apareciera un nudo en su garganta. La Asociación “Por La Vida Juntos” había implementado diferentes ideas para llegar a las personas de todo el mundo, una de ellas había sido arrojar al mar botellas con mensajes.
Fernando sintió en su interior la necesidad de hacer algo, de ir y ayudar, pero no sabía cómo. Y en sí, quería cambiar su destino, ya que no quería estar por el resto de su vida sentado o acostado esperando la muerte. Quería cambiar, salir de la tristeza.
Pidió a su amigo un mapa y que si se lo podía prestar. Pablo contento por su visita, le dijo que no había problema que se lo regalaba, pues él tenía varios, era profesor de Geografía en una Universidad de La Plata. Fernando se fue contento, abrazó a su amigo y le agradeció por haberle permitido ocupar su máquina.
Mientras iba caminando ya de vuelta a casa, pensaba. Podía sacar la plata del banco, pues había ahorrado durante varios años. Prepararía su bolso y a Fito lo dejaría con su amigo Pablo. Tenía miedo pero a la vez sentía que todo era una señal, que ese mensaje había llegado a sus manos por algún motivo. No dejaría pasar la oportunidad de cambiar su vida, de darle sentido.
Hace todo como tenía pensado, prepara las cosas, va al banco, de paso observa los horarios del aeropuerto. Su idea era viajar a África y ver qué se podía hacer, qué se sentía estar ahí. En unas cinco horas tiene todo preparado. Para el día jueves a la mañana tenía avión hacia África. Lugar desconocido, sólo visto en el mapa.
La luna brillaba para aquellos desvelados por el insomnio o por algún corazón y acompañaba a los que se entregaban al sueño.
La mañana llega rápido, Fernando sale de su casa. Pasa a dejar a Fito a lo de su amigo. Se despide de él prometiendo volver. El perro lo mira por la ventana mientras se marcha, como diciendo no te olvides de mi.
Toma el avión, el cual no estaba compuesto por muchos pasajeros, pues a esos lugares no viajan tantas personas, prefieren evitarlo, como si no existiera. Mira a su alrededor y encuentra a una mujer de pelo castaño y tez delicada que lo estaba mirando, pero en ese momento en que él la observa ella aparta la mirada. A Fernando se le había pasado por la cabeza que tal vez ella también había recibido un mensaje y que posiblemente iban al mismo lugar. Luego aparta esa idea loca de su cabeza. La vuelve a mirar y ella le sonríe, él baja la mirada y le responde de la misma manera.
Al llegar le hablan en un idioma totalmente desconocido mientras le señalan un Jeep, el cual lo iba a llevar hasta Niger. En ese momento la mujer del avión se le acercó y le dijo:
-          Hola. Yo también me dirijo a ese pueblo. Soy Samanta
Él un poco sorprendido le contesta:
-          Hola. Soy Fernando. Entonces vamos juntos.
Ella responde con una sonrisa.  Fernando quedó nuevamente detenido, pues esa curva en su cara lo hacía volar, se sintió un poco tonto al pensar eso.
Durante el viaje, acompañado de un africano muy simpático y humilde, conversaron de sus vidas. Ahí fue cuando se enteraron que ambos habían sido atrapados por el mismo mensaje y que tenían la idea de ayudar a aquellos niños. Ella era enfermera y llevaba medicina para curar los males que se padecían en ese lugar. A parte alimentos, agua, abrigos, frazadas, entre otras cosas. Al llegar casi era de noche; pero igual se podía divisar la tristeza que en ese lugar había, los niños estaban casi desnudos, desnutridos, se veía mucha pobreza. Ambos al bajar del vehículo quedaron atónitos delante de semejante escena, ya que se habían imaginado con lo que se podían encontrar pero estar ahí era una sensación de dolor en el alma inexplicable. Algunas familias vivían en casas fabricadas por ellos mismos, otros sólo se tapaban con lo que encontraban por ahí. No eran muchos, unas quinientas personas.
Luego de tragar saliva, Samanta y Fernando hicieron que bajaran sus cosas, cajas y bolsos. Armaron una carpa. Y los niños se les acercaban. Fernando veía en sus ojos dolor, tristeza, cansancio y agonía, había de todas las edades y así como niños y niñas. No hablaban, no hacía falta que dijeran nada, sus miradas lo decían todo. Pudieron ver que más allá había otros grupos de personas, eran otros misioneros que estaban ahí por el mismo motivo que ellos.
Los niños que estaban cerca ya se habían marchado. Ambos decidieron descansar, los esperaban días en que necesitaban mucha fuerza y voluntad. Antes de dormir rezaron pidiendo por todas esas personas que estaban allí y por sobre todas las cosas por esos pequeños. Samanta le preguntó a Fernando en voz baja:
-          ¿Por qué estas acá?
A lo que él había respondido:
-          Necesito encontrarle sentido a la vida, necesito llenar el vacío que hay en mi corazón; llenarlo con amor. Y ahora, que estoy acá, me doy cuenta que es la mejor manera para remediar mi soledad ayudando a otros.
Samanta, luego de escucharlo atentamente le cuenta:
-          Pues, a mí me gusta la soledad. Me siento a gusto con ella. Pero ahora que te conozco creo que ocuparas su lugar. Y estoy acá porque estas personas nos necesitan más que otras, podemos ayudarlos a vivir y cambiar sus vidas. Estamos acá por algo. ¿No te parece?
Fernando sonriendo le responde:
-          Me parece. Y también me parece que debemos dormir.
Los días pasaron mientras ellos junto a los demás grupos ponían en marcha sus ideas. Armaron carpas para atender a los enfermos, en donde se encontraba Samanta y otros cuatro doctores que venían de México. Otra carpa en donde todos los días se les daba alimento a aquellos que no tenían, que eran casi todos. Fernando con diez hombres más arreglaban las casas y repartían frazadas y ropa. Siempre tenían tiempo para sentarse a jugar con los niños en aquella tierra colorada. Armaron una cancha y se les enseñó a jugar a la pelota, la cual hicieron con pedazos de ropa. Ver la sonrisa en una de esas caritas era una satisfacción enorme.
Así pasaron cinco meses, en aquel pueblo donde el sol pegaba más que en cualquier otra parte de la tierra. Se habían quedado de acuerdo entre todos los grupos de regresar cada año a Niger. A parte; formaron una asociación para seguir ayudando, para avanzar y lograr que esas personas pudieran vivir tranquilas y felices. Cada vez que un grupo se marchaba, otro llegaba.
Era tiempo de volver a casa. Los niños salían a despedirse de ellos, los abrazaban, los besaban y sonreían. Las mujeres con sus ojos húmedos les agradecían por todo, por existir. Lágrimas rodaron por las mejillas de Samanta y de Fernando. Ella lo abrazó y mirándolo a los ojos le dijo:
-          Siempre supe que venir no iba a ser un error.
Fernando agarrando las manos de Samanta le responde:
-          Cada uno busca su propio destino y el mío era este. Venir, ayudar, sentirme feliz y encontrarte. Mis días de tristeza terminaron y todo gracias a tu sonrisa.
Ella sonrojada, se acerca y lo besa. Ambos volvieron a Buenos Aires. Fernando sin olvidar su promesa pasa por la casa de Pablo para buscar a Fito. Cuando lo vio se le tiró encima, le pasó su lengua por toda la cara.
Fernando le propone a Samanta que fuera a vivir con él. A lo que ella acepta contenta.
Esa tarde se abrieron todas las ventanas de casa, así el sol regalaba su brillo y calidez. El reloj ya dejó de tener importancia y el espejo reflejaba felicidad y brillo en los ojos de Fernando.
Así juntos se dirigieron a la playa. Estaban abrazados y él le dice mientras miraba la inmensidad que se perdía en la lejanía; Gracias al mar y a las casualidades, a Fito que me trajo la botella aquel día. Gracias a vos por darle sentido a mi vida. Gracias a la vida que quiso darme una oportunidad para ser feliz y  demostrarme que el destino lo busca cada uno; que así lo que des, te volverá. Y ambos sonrieron.



Autora: Yésica Garro