jueves, 8 de enero de 2015

Cuento I: Un destino, una nueva vida.

Aquella mañana del mes de febrero el sol introducía sus rayos por la ventana estrecha. Blanca por el paso de los años, su color había sido verde oscuro, pero el tiempo borra aquello que no se usa cotidianamente.
Levantó sus brazos para estirar el cuerpo, colocó los pies sobre el piso helado. Luego de vestirse con la ropa para ya salir a desayunar, se miró al espejo; siempre se veía serio, apagado, con un vacío en los ojos. Al paso de unos minutos, los cerró por un momento y trajo el recuerdo de su esposa a su mente.
Ella se había marchado sin despedirse, y esas son las despedidas más dolorosas, las que no tienen explicación alguna.
Decidió salir hacia la cocina, allí  desayunó habitualmente y  lo esperaba Fito, él era su única compañía. Tenía los ojos brillantes, movía la cola como dándole la bienvenida, su pelaje era de color ladrillo.
Miró el reloj el cual marcaban las diez matinales. La indecisión se apoderó por unos instantes de su mente, pues no sabía si salir a dar un paseo o quedarse ahí detenido, como había estado estos años anteriores.
Estaba cansado de esperar algo, que no sabía qué era. Tenía 29 años,  era alto, sus ojos color miel regalaban la ternura de su alma a quien los mirara, su tez era blanca y sus facciones expresaban la nostalgia que le habían dejado las soledades. 
La duda de salir o no se despeja. Luego de haber terminado su taza de café con leche,  sale junto a su fiel compañero.
Caminaron tranquilos, la playa era su destino. La brisa fresca ya se podía percibir. El mar era uno de sus lugares favoritos, a Fernando le gustaba el sonido de las olas que pegaban contra las rocas y al estar parado frente a esa inmensidad la soledad se marchaba por unos momentos de su lado.
Su mirada se pierde en la lejanía, suspiró como buscando atrapar toda aquella tranquilidad que necesitaba en su interior. Se sentó sobre la arena, miró a su alrededor buscando a su perro y pude divisar que algo traía en su boca.
Moviendo la cola Fito deja caer una pequeña botella, color verde opaco, tapada. Fernando lo mira y le pregunta, como aquellas personas que hablamos con nuestras mascotas como si ellas pudieran responder:
-          ¿De dónde sacaste esto Fito?
El perro le pasó la lengua por la cara, como demuestra de cariño y como apurándolo para que abriera aquella botella que había llegado a sus manos en el momento indicado. Con los ojos bien abiertos que transmitían curiosidad e intriga, hacia muecas con sus caras. La tarde moría una vez más, la noche inquietaba sus pasos para llegar. Fernando con su mascota volvían a casa, con la botella en sus manos.
Al llegar colocó la botella sobre la mesa y se sentó frente a ella, como queriendo descifrar qué había ahí adentro. Se percató que habían pasado las horas volando, era tarde. Estaba agobiado por el paseo que había realizado, ya que no era habitual que él saliera. Siempre estaba encerrado en sus paredes, escuchando sólo las agujas del reloj o jugando con su perro.
Abrió la heladera, sacó pollo que ya estaba cocinado, lo colocó sobre su mesa y comió. Luego le dio una parte a su perro. Una vez más mira la botella, no sabía qué hacer, se daba cuenta que siempre la duda estaba presente y que era muy indeciso.
Resolvió por ir a dormir, dejar el misterio de la botella para mañana. Apagó las luces de toda la casa, la cual  era muy acogedora. Va hacía su cuarto, se deshace de sus ropas y entra a la cama.  Esa noche deseaba no pensar en nada como siempre hacía, no quería regalarle al insomnio horas. Sólo quería cerrar los ojos y dormir, pues desde hace años sentía un peso en el alma como quien lleva a cuesta una piedra o un recuerdo de esos que cortan la piel. Pasaron dos horas, y no lograba conciliar el sueño. Pensaba inevitablemente en el pasado, tal vez ya era hora de desprenderse de él. Trataba de no mirar a su costado porque sentiría la ausencia de aquella mujer que con su adiós había detenido el tiempo y el cual lo estaba matando por dentro.  
Se levanta en busca de un vaso con agua. Mientras lo bebe mira la botella, intacta. Decide abrirla y ver qué contiene en su interior. El reloj marcaban las cuatro de la madrugada. Toda la casa se encontraba en silencio.
Dentro de la botella había un pergamino gastado, pero las letras del mensaje se podían aun divisar, aunque con dificultad. Leyó la siguiente frase en voz alta: “Cada uno busca su propio destino.”
Sorprendido luego de leer varias veces el mensaje. Pensó que era una broma. Sonrió, y al mismo tiempo se sintió raro, porque hacía mucho (tiempo) que esas muecas no se dibujaban en su cara. Resolvió por irse a dormir pues los párpados le pesaban. Dejó el papel sobre la mesa y antes de ingresar a su cuarto miró nuevamente aquello que había dejado sobre la mesa; eso que iba a estar en su mente toda la noche.
Al despertar el hombre encontró a su perro jugando con un almohadón. Esa situación hizo que sonriera y recordó las palabras que decían aquel mensaje, el cual no sólo buscaba llegar al corazón de quién lo leyera, sino que también hacer que sus vidas cambiaran.
Fernando tuvo la idea de buscar la frase en internet, pero tenía que salir porque él no contaba con ese servicio. Pues, tenía la idea de que eso era sólo cosa de distracción y estaba acostumbrado a estar solo esperando que pasara el tiempo, como aislado.  Llamó a un amigo, que hacía muchos años no llamaba, a Pablo. Sale a la calle. Toma su chaqueta y el paraguas por si acaso el tiempo se le ocurriera dejar caer algunas que otras gotas.
El día se tornaba cálido, las calles estaban cubiertas por sus habitantes. Buenos Aires daba lugar a los ruidos de los automóviles, a los gritos de los canillitas, a los vendedores de café que siempre tenían la ocasión de regalar ese aroma tan suave y atrapante. Las miradas de las personas no eran fáciles de encontrar, ya que cada uno iba con sus problemas particulares, apurados por el reloj. Y estaban aquellos que quieren escapar del mundo por unos instantes, aquellos que dan lugar a la música para que exprese sus sentimientos y pensamientos.
La casa de Pablo quedaba a unas cinco cuadras de la de Fernando. Llegó, tocó timbre, a la puerta apareció un tipo de unos treinta cinco años, de estatura mediana, sonrisa picarona, su pelo color castaño hacia juego con su color de ojos. Al verlo Pablo lo abrazó, y lo invitó a entrar.
Conversaron un par de minutos sobra cosas de la vida. Y Pablo le señaló en donde se encontraba la computadora, él tenía que seguir llenando unos papeles.
Fernando buscó la frase que había leído en el mensaje que tenía la botella. Una página se abrió dando cierta información, se trataba de fomentar la ayuda para aquellos niños y niñas que se encontraban en África, Niger uno de los países más pobres de ese continente. Consistía en ir a llevar alimentos y dar cuidados a todos aquellos que lo necesitaban. Había fotos, las cuales hicieron que a Fernando se le llenaran los ojos de lágrimas y que apareciera un nudo en su garganta. La Asociación “Por La Vida Juntos” había implementado diferentes ideas para llegar a las personas de todo el mundo, una de ellas había sido arrojar al mar botellas con mensajes.
Fernando sintió en su interior la necesidad de hacer algo, de ir y ayudar, pero no sabía cómo. Y en sí, quería cambiar su destino, ya que no quería estar por el resto de su vida sentado o acostado esperando la muerte. Quería cambiar, salir de la tristeza.
Pidió a su amigo un mapa y que si se lo podía prestar. Pablo contento por su visita, le dijo que no había problema que se lo regalaba, pues él tenía varios, era profesor de Geografía en una Universidad de La Plata. Fernando se fue contento, abrazó a su amigo y le agradeció por haberle permitido ocupar su máquina.
Mientras iba caminando ya de vuelta a casa, pensaba. Podía sacar la plata del banco, pues había ahorrado durante varios años. Prepararía su bolso y a Fito lo dejaría con su amigo Pablo. Tenía miedo pero a la vez sentía que todo era una señal, que ese mensaje había llegado a sus manos por algún motivo. No dejaría pasar la oportunidad de cambiar su vida, de darle sentido.
Hace todo como tenía pensado, prepara las cosas, va al banco, de paso observa los horarios del aeropuerto. Su idea era viajar a África y ver qué se podía hacer, qué se sentía estar ahí. En unas cinco horas tiene todo preparado. Para el día jueves a la mañana tenía avión hacia África. Lugar desconocido, sólo visto en el mapa.
La luna brillaba para aquellos desvelados por el insomnio o por algún corazón y acompañaba a los que se entregaban al sueño.
La mañana llega rápido, Fernando sale de su casa. Pasa a dejar a Fito a lo de su amigo. Se despide de él prometiendo volver. El perro lo mira por la ventana mientras se marcha, como diciendo no te olvides de mi.
Toma el avión, el cual no estaba compuesto por muchos pasajeros, pues a esos lugares no viajan tantas personas, prefieren evitarlo, como si no existiera. Mira a su alrededor y encuentra a una mujer de pelo castaño y tez delicada que lo estaba mirando, pero en ese momento en que él la observa ella aparta la mirada. A Fernando se le había pasado por la cabeza que tal vez ella también había recibido un mensaje y que posiblemente iban al mismo lugar. Luego aparta esa idea loca de su cabeza. La vuelve a mirar y ella le sonríe, él baja la mirada y le responde de la misma manera.
Al llegar le hablan en un idioma totalmente desconocido mientras le señalan un Jeep, el cual lo iba a llevar hasta Niger. En ese momento la mujer del avión se le acercó y le dijo:
-          Hola. Yo también me dirijo a ese pueblo. Soy Samanta
Él un poco sorprendido le contesta:
-          Hola. Soy Fernando. Entonces vamos juntos.
Ella responde con una sonrisa.  Fernando quedó nuevamente detenido, pues esa curva en su cara lo hacía volar, se sintió un poco tonto al pensar eso.
Durante el viaje, acompañado de un africano muy simpático y humilde, conversaron de sus vidas. Ahí fue cuando se enteraron que ambos habían sido atrapados por el mismo mensaje y que tenían la idea de ayudar a aquellos niños. Ella era enfermera y llevaba medicina para curar los males que se padecían en ese lugar. A parte alimentos, agua, abrigos, frazadas, entre otras cosas. Al llegar casi era de noche; pero igual se podía divisar la tristeza que en ese lugar había, los niños estaban casi desnudos, desnutridos, se veía mucha pobreza. Ambos al bajar del vehículo quedaron atónitos delante de semejante escena, ya que se habían imaginado con lo que se podían encontrar pero estar ahí era una sensación de dolor en el alma inexplicable. Algunas familias vivían en casas fabricadas por ellos mismos, otros sólo se tapaban con lo que encontraban por ahí. No eran muchos, unas quinientas personas.
Luego de tragar saliva, Samanta y Fernando hicieron que bajaran sus cosas, cajas y bolsos. Armaron una carpa. Y los niños se les acercaban. Fernando veía en sus ojos dolor, tristeza, cansancio y agonía, había de todas las edades y así como niños y niñas. No hablaban, no hacía falta que dijeran nada, sus miradas lo decían todo. Pudieron ver que más allá había otros grupos de personas, eran otros misioneros que estaban ahí por el mismo motivo que ellos.
Los niños que estaban cerca ya se habían marchado. Ambos decidieron descansar, los esperaban días en que necesitaban mucha fuerza y voluntad. Antes de dormir rezaron pidiendo por todas esas personas que estaban allí y por sobre todas las cosas por esos pequeños. Samanta le preguntó a Fernando en voz baja:
-          ¿Por qué estas acá?
A lo que él había respondido:
-          Necesito encontrarle sentido a la vida, necesito llenar el vacío que hay en mi corazón; llenarlo con amor. Y ahora, que estoy acá, me doy cuenta que es la mejor manera para remediar mi soledad ayudando a otros.
Samanta, luego de escucharlo atentamente le cuenta:
-          Pues, a mí me gusta la soledad. Me siento a gusto con ella. Pero ahora que te conozco creo que ocuparas su lugar. Y estoy acá porque estas personas nos necesitan más que otras, podemos ayudarlos a vivir y cambiar sus vidas. Estamos acá por algo. ¿No te parece?
Fernando sonriendo le responde:
-          Me parece. Y también me parece que debemos dormir.
Los días pasaron mientras ellos junto a los demás grupos ponían en marcha sus ideas. Armaron carpas para atender a los enfermos, en donde se encontraba Samanta y otros cuatro doctores que venían de México. Otra carpa en donde todos los días se les daba alimento a aquellos que no tenían, que eran casi todos. Fernando con diez hombres más arreglaban las casas y repartían frazadas y ropa. Siempre tenían tiempo para sentarse a jugar con los niños en aquella tierra colorada. Armaron una cancha y se les enseñó a jugar a la pelota, la cual hicieron con pedazos de ropa. Ver la sonrisa en una de esas caritas era una satisfacción enorme.
Así pasaron cinco meses, en aquel pueblo donde el sol pegaba más que en cualquier otra parte de la tierra. Se habían quedado de acuerdo entre todos los grupos de regresar cada año a Niger. A parte; formaron una asociación para seguir ayudando, para avanzar y lograr que esas personas pudieran vivir tranquilas y felices. Cada vez que un grupo se marchaba, otro llegaba.
Era tiempo de volver a casa. Los niños salían a despedirse de ellos, los abrazaban, los besaban y sonreían. Las mujeres con sus ojos húmedos les agradecían por todo, por existir. Lágrimas rodaron por las mejillas de Samanta y de Fernando. Ella lo abrazó y mirándolo a los ojos le dijo:
-          Siempre supe que venir no iba a ser un error.
Fernando agarrando las manos de Samanta le responde:
-          Cada uno busca su propio destino y el mío era este. Venir, ayudar, sentirme feliz y encontrarte. Mis días de tristeza terminaron y todo gracias a tu sonrisa.
Ella sonrojada, se acerca y lo besa. Ambos volvieron a Buenos Aires. Fernando sin olvidar su promesa pasa por la casa de Pablo para buscar a Fito. Cuando lo vio se le tiró encima, le pasó su lengua por toda la cara.
Fernando le propone a Samanta que fuera a vivir con él. A lo que ella acepta contenta.
Esa tarde se abrieron todas las ventanas de casa, así el sol regalaba su brillo y calidez. El reloj ya dejó de tener importancia y el espejo reflejaba felicidad y brillo en los ojos de Fernando.
Así juntos se dirigieron a la playa. Estaban abrazados y él le dice mientras miraba la inmensidad que se perdía en la lejanía; Gracias al mar y a las casualidades, a Fito que me trajo la botella aquel día. Gracias a vos por darle sentido a mi vida. Gracias a la vida que quiso darme una oportunidad para ser feliz y  demostrarme que el destino lo busca cada uno; que así lo que des, te volverá. Y ambos sonrieron.



Autora: Yésica Garro 

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