Diego la
esperaba en una plaza, en donde los árboles verdes decoraban el paisaje, se
veían varios niños jugando en los juegos y sus padres observándolos enamorados
de la vida. Sofía, de estatura mediana, ojos color miel y cabellos castaños,
vestía un jean negro y una blusa sencilla. Al llegar a la esquina, Sofía pudo
divisar la figura de Diego. Él era alto, vestía camisa y jean, sus ojos eran
negros, como así también sus cabellos. Era inevitable, ella sonreía al sentir nervios
por volverlo a ver, trataba de retener la felicidad, pero sus ojos brillaban,
como si se hubiera tragado una estrella.
Él la
miraba caminar y acercársele, a su llegada se puso de pie y la abrazó con tanta
fuerzas que todas sus partes rotas se volvieron a unir dentro de su cuerpo.
Ambos se sentaron, ella estaba ansiosa, como esperando algo, pero no sabía qué.
Diego se mostraba muy tranquilo, quizás no era algo inusual en él, ya que
siempre había sido así. Sofía recorría cada detalle de su rostro, lo amaba más
que nadie en la tierra, no solo por su forma de ser con ella, sino que también
por su paz. Ella era un huracán, sentía que la sangre le corría por las venas
con más velocidad que de la gente normal, él le transmitía la armonía faltante.
Eran diferentes, por eso se amaban, el uno era lo que no era el otro. Es como
amar una vida que uno no tiene, se complementaban.
Después de
clavar las pupilas en los ojos de Sofía, Diego se le acercó a uno de sus oídos,
cerró los ojos y le dijo: - “Te amo”. Tragó saliva y suspiró y continuó: -
“Pero debo marcharme”. La sonrisa que ella tenía dibujada en su boca de a poco
se fue esparciendo, hasta quedar seria, con los ojos hundidos y a punto de
colapsar en lágrimas. Él se apartó de ella, bajó la mirada y dejó escapar un
“perdóname”. Sus manos se soltaron, y Sofía detenida en el tiempo, miraba como
su mundo se derrumbaba en un instante.
Sus ojos se
abrieron de repente, durante la noche había sudado, quizás por sentir tan real
esa pesadilla. No se animó a llamarle sueño, pues había sufrido en él. Sentía
angustia, miró a su alrededor y solo encontró obscuridad, no era algo nuevo, ya
estaba acostumbrada al silencio y lo oscuro. Hacía muchos años que no veía a
Diego. Hacía muchos años que Diego no estaba en este mundo.
Sofía
apretó sus puños, lloraba, no soportaba la idea de no poderlo ver, tocar, ni
besar. Habían sido novios desde que eran adolescentes, pero el destino o la
vida quisieron que él se marchara una tarde. Sofía recordaba aquél día cómo él
le decía adiós con una mano desde la ventanilla del taxi, sonriendo. Ella puso
una de sus manos en el pecho, a la altura del corazón, y dijo en voz muy baja,
casi murmurando: - “Sé que estás aquí, pero no lo soporto, llévame contigo…”.
Cerró los
ojos, suspiró profundo. Se levantó de su cama, y caminó hacia un armario, sacó
un celular. Lo encendió, volvió a su cama. Con una mano sostuvo su celular y
con la otra mano el que había sacado del armario. Marcó unos números, mientras
las lágrimas rodaban por sus mejillas, y sus labios húmedos templaban. El
celular que había sacado del armario sonó, y al cabo de unos instantes se
activo el buzón de voz, era la voz de Diego que estaba grabada en aquél
contestador. Sofía apretó con sus manos las sábanas de su cama. Y se dejó caer,
esperando… esperando hasta volverlo a ver.
Autora: Yésica Garro

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