14 de abril 1993
Existen tantas palabras que quisieran acariciar tu
rostro una vez más, que debo decirte que no sé por dónde empezar. Hace tiempo
que en esta habitación solo se escuchan los gritos de los suspiros
desesperados, aquellos que golpean sus puños contra las paredes, esos que todas
las madrugadas preparan sus valijas para embarcarse hacia donde tú estás. Pero
es en vano, cuando las agujas del reloj dan las doce del medio día, ellos con
lágrimas en los ojos comienzan a desempacar. He comenzado a escribirte y ni siquiera sé
cómo voy a entregarte esto, esto que es
lo poco que queda de mi. Siento un miedo irremediable, miedo de tenerte
enfrente y de que tus ojos claros se claven en mis pupilas queriendo entender
sobre mi identidad. Tengo la convicción de que también el miedo se apodera de
tu sangre cuando las luces se apagan, como se está apagando tu memoria.
Eras de sonreír mucho, tus ojos brillaban de alegría y
en vez en cuando jugabas con el tono de tu voz; pero ya ni siquiera sé si
recuerdas qué es sonreír, ya no sé si me recuerdas o si fui arrojada al abismo
junto con todos esos momentos que hoy se esfuman lentamente por alguna
rasgadura de este mundo inusitado. Al transcurrir el tiempo, siento que la
incertidumbre vaga por mis venas y al llegar al corazón hace tregua con la
melancolía y la soledad, y es ahí cuando me despierto de esta pesadilla que me
persigue por todos los rincones de esta casa vacía. ¿Qué ha hecho el tiempo de
ti? Eras tanto entre el tumulto de gente cuando te veía caminar hacia mí, y hoy
eres solamente un cuerpo que se balancea en un olvidado cuarto sin recuerdo
alguno.
Desde que tu mente se convirtió en nuestra enemiga y
borró esas miradas empañadas en un espejo deslucido, desde que tu piel ya no
invoca los paisajes que dibujé en ella… desde entonces, la noche cae y me
aplasta con todas sus fuerzas, me asfixia trayendo tu imagen a mi lado. A estas
horas del atardecer me sofocan inmensas ganas de abrazarte y me doy cuenta que
la palabra triste le queda grande a mi tristeza, que las horas me saben a
despedidas y que la vida es solo un suspiro de la muerte. Me perdí por algunos
resquicios de tu memoria, y hoy no me encuentro las manos, ni me miro los ojos,
ni te tengo a mi lado, ni puedo conmigo.
¿Cómo arrancarte de ese lugar obscuro en el que caes
lentamente? ¿Cómo hacerle entender a la vida que el paso del tiempo solo quema
mis estaciones? ¿Cómo? ¿Cómo? Lo sé, no te gustan las preguntas repetidas, lo
sé, y una mueca se dibuja en mi boca y un mar que se desborda en mis ojos nubla
mi vista. Tus manías que aún viven en mí contraen la mirada en algún punto perdido
de la noche, y te extraño inevitablemente. Temo que tu enfermedad te arranque
de este universo que dejará de ser paralelo con la existencia; ya nada tendrá
sentido, ya no buscaré respuestas ni formularé preguntas, ya no me fastidiarán
las despedidas porque la última será cuando te vayas, porque iré contigo.
El destino debe sentirse pesado al tener tantas
miradas hirientes, frías y afligidas sobre sus hombros, las tuyas, las mías,
las de tanta gente; es que aún no logro entender por qué resguardó tu futuro en
un cofre y lo arrojó al mar, es que no comprendo cómo se pueden despertar los
recuerdos que se han suicidado en algún lugar desconocido… ¿Sabes? Quedan
muchas cosas para contarte, pero preferiría vivirlas contigo. Qué ingenuo lo
inalcanzable que se viste de esperanzas y traga saliva para no provocar un nudo
en su garganta.
Si cuando leas esto no recuerdas quién soy, quiero que
sepas que desde que no estás yo he olvidado quién era. Solo sé que fui feliz
contigo, solo sé que fuiste feliz conmigo.
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